En defensa del sánguche de miga
Hace tres semanas que pienso en sánguches de miga más de lo estrictamente necesario. No es una comida elegante. No tiene fermentación larga, ni proveedor boutique, ni historia de origen contada por un mozo. Es pan lácteo sin corteza, jamón cocido, manteca y —si el universo está de tu lado— un poco de palmito.  Y sin embargo. El sánguche de miga es la comida porteña que mejor entiende su trabajo: estar ahí. En el velorio, en el cumpleaños, en la oficina a las cuatro de la tarde, en la estación de servicio a las tres de la mañana. Nadie planea comer miga; la miga te encuentra. ## Las reglas (mías, discutibles) - El de jamón y queso es la unidad básica de medida. Si está seco, andate. - Palmito y salsa golf es la versión de gala. No acepto debate. - El triple es una decisión de vida, no un tamaño. - Recalentado en tostadora: herejía. La miga se come fría o no se come. Mi teoría es que la miga funciona porque es la anti-tendencia: mientras media ciudad fotografía su brunch, la confitería de barrio sigue cortando el pan con la misma máquina desde 1987. Hay una honestidad en eso que ningún menú de degustación puede comprar. > No toda la comida tiene que ser una experiencia. A veces alcanza con que sea un sánguche perfecto en el momento exacto. Si nunca le diste una oportunidad seria, empezá por cualquier confitería vieja de tu barrio, de esas con vitrina curva y luz de tubo. Pedí un cuarto de palmito y salsa golf y un cortado. Después hablamos.
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